Cosas que hacer en Europa cuando hayamos muerto

Perfiles de consumo horario

p. 8 - Guía de Consumo Inteligente (REE)

Austeridad, austeridad, austeridad…  Es el mantra más escuchado en los últimos años.  Los que sigáis este blog ya sabréis (o al menos intuís) cuál es mi postura ante las soluciones que se están proponiendo o adoptando para paliar la actual crisis financiero-económica.  Yo creo que cualquier cosa con moderación; y, especialmente, la austeridad en los tiempos que corren.  Sí que es cierto que hay que optimizar el gasto público, hay que buscar destinos para el mismo que puedan proporcionar una elevada rentabilidad en el futuro.  Y uno de esos destinos bien podría ser el sistema eléctrico europeo.

Para entender las ventajas que proporcionaría partamos de un día cualquiera en nuestras vidas y pensemos cuándo y cómo gastamos electricidad.  Es cierto que no las gastamos de igual manera en verano que en invierno.  De hecho, el perfil es diferente en los meses más fríos y en los meses más cálidos.  En invierno, empieza a crecer el consumo eléctrico a partir de las primeras horas de la mañana y se mantiene elevado hasta que nos vamos a dormir; en concreto, el consumo residencial presenta un pico a partir de las 20:00 horas (llegamos a casa, encendemos luces, ponemos la calefacción…).  En verano, gastamos menos (hay más horas de luz) y el perfil de la demanda total es parecido (aunque en vez de mantenerse elevado disminuye a medida que se acerca la noche); por su parte, el consumo residencial presenta ahora dos picos: uno al mediodía y otro por la noche, muy relacionados con el aire acondicionado y demás instrumentos de refrigeración.  Podemos verlo gráficamente en los perfiles de consumo que acompañan a esta entrada y que están sacados de la página 8 de la “Guía de Consumo Inteligente” de Red Eléctrica Española (disponible en http://ir.gl/514a3c).

Ahora tenemos que recordar de nuestros tiempos de estudiante que la electricidad no se puede almacenar, lo cual implica que el sistema eléctrico tiene que producir la misma cantidad de energía que se va a consumir: si hay exceso de energía durante mucho tiempo (léase, muchos minutos), se sobrecargarán las redes y pueden dañarse; si produce mucha electricidad de menos durante mucho tiempo (de nuevo en un orden de magnitud de minutos o segundos) habrá apagones.  Por eso el mercado de energía eléctrica opera en una base horaria y a tan corta distancia (el día anterior) del momento de consumo; y por eso se complementa con mercados de reservas que operan casi instantáneamente.

Por último, tenemos que tener en cuenta que la generación de electricidad no siempre esta garantizada: hay averías y errores humanos en las centrales de generación pero también hay centrales de generación que dependen de si ha llovido, de si hace sol o de si hace viento; las que no dependen de factores exógenos suelen presentar tiempos de arranque y parada más largos y estos procesos suelen ser más costosos…  Además, también las redes de transporte y distribución de electricidad pueden verse afectadas por pérdidas (totalmente normales en el transporte de electricidad), averías, accidentes, daños intencionados…  Por todas estas razones, es necesario que el sistema sea capaz de producir más electricidad que la máxima que se espera que se vaya a consumir.

Es decir, es el máximo consumo previsto el que define cuál debe ser la capacidad del sistema.  En las páginas 10 y 11 de la mencionada “Guía de Consumo Inteligente” encontramos algunas de las formas de hacer un uso sostenible de la energía: consumiendo menos, desplazando el consumo desde las horas de punta a las horas de valle (de aquí vienen las tarifas de discriminación horaria actual y la antigua tarifa nocturna), fomentando el consumo en horas de valle (lo que se conoce como “llenar los valles“), reduciendo el consumo en las horas de punta o cualquier combinación de las anteriores.

Por cierto, que respecto de la reducción del consumo de horas de punta, hace un par de semanas el Ministerio de Industria hablaba de suprimir el servicio de interrumpibilidad (véase, por ejemplo, http://ir.gl/2dabdf) para reducir el déficit tarifario.  Dicho servicio básicamente consiste en que algunas empresas reciben pagos del sector eléctrico (que se financia con lo que pagamos los consumidores en nuestras facturas de la luz) a cambio de la posibilidad de “desconectarse” de la red en caso de que la seguridad del sistema (el equilibrio entre generación y consumo de electricidad) se viese amenazada.  No voy a hacer comentarios sobre esta decisión…

El sistema eléctrico español está integrado con el sistema eléctrico portugués pero muy escasamente con el sistema eléctrico francés y, por ende, desconectado del resto de Europa.  Y esto es malo porque nos impide aprovecharnos de la diferencia horaria con el este europeo.  En Eslovaquia, Hungría, Polonia, Finlandia, Suecia… el perfil de consumo eléctrico es similar al español pero ocurre con anterioridad.  ¿Qué mejor forma de llenar los valles que la de utilizar esa capacidad sobrante para generar electricidad y transmitirla a los lugares de Europa que en ese momento no están en un valle?  Esto posibilitaría también una reducción de las capacidadades nominales de todos los sistemas europeos puesto que simplemente habría que tomar la energía de los lugares que estuvieran en valle y presentaran por tanto un exceso de capacidad instalada.  Es cierto que las infraestructuras de transporte eléctrico son caras, muy caras, pero… ¿A que es una forma elegante de incurrir en gasto público? Rentable, sostenible, seguramente con buenos multiplicadores…  ¿A qué esperamos?

Por desgracia no os creáis que esto es algo que se me acaba de venir a la cabeza junto con la feliz ocurrencia de publicarlo.  Hace décadas que se sabe, pero cuestiones aparentemente políticas son las que provocan que aún ahora, nuestra conexión con Francia, con el resto de Europa en definitiva, sea de risa.  Sigamos esperando…  Hasta que hayamos muerto…


Sobre la suspensión de las primas al régimen especial

La verdad es que en los últimos tiempos no dejo de sorprenderme.  En diciembre el nuevo Ministro de Industria mantenía congelada la tarifa eléctrica (la tarifa de último recurso y los peajes de acceso, que son los precios sobre los que el regulador tiene competencia) y se planteaba prorrogar la actividad de la vetusta Central Nuclear de Garoña cinco años hasta 2018.  Sobre la congelación de la tarifa ya hablé aquí y sobre mi posición ante la energía nuclear me pronuncié en este otro post.

Pero ahora resulta que se suspenden las primas al régimen especial; suspensión, eso sí (me vienen a la memoria las palabras del Ministro el pasado viernes: algo así como que el Gobierno apuesta firmemente por las renovables (!)).  Para una exposición más seria de las incongruencias técnicas y económicas de esta medida recomiendo esta entrada del blog “Economistas frente a la crisis”.

Por mi parte, animado por un viejo amigo, trataré de arrojar un poco más de luz sobre este tema de las primas del régimen especial.

En primer lugar, es cierto que es común escuchar hablar del régimen especial como sinónimo del régimen de energías renovables.  Las energías renovables son una parte importante del régimen especial pero éste es más que las energías renovables.  Además, hay una energía renovable, la gran hidráulica (hidráulicas con más de 50 MW), que no forma parte del régimen especial.  En la liquidación de la CNE de las primas equivalentes, primas, incentivos y complementos a las instalaciones de producción de energía eléctrica en régimen especial de Noviembre de 2011, podemos ver las producciones de energía en GWh de todos estos generadores en noviembre del año pasado:

Como vemos, dentro del régimen especial se han incluido (véase el Real Decreto 661/2007) tanto las energías renovables como la cogeneración (generación conjunta de calor y energía eléctrica o aprovechamiento del calor residual de determinados procesos industriales para la generación de energía eléctrica) y el tratamiento de residuos.  Es cierto que la cogeneración suele producir electricidad con combustibles fósiles pero, por lo menos, se aprovecha el calor de la generación de energía reduciendo el consumo (y por tanto también la necesidad de generación).

Pero volvamos a los efectos de la suspensión de la prima sobre las energías renovables.  En primer lugar, por el propio funcionamiento del mercado, si la generación de régimen especial se estanca es de esperar que suba el precio de la energía en el mercado.  En efecto, los generadores del régimen especial están obligados a vender su producción a cualquier precio; por eso, muchas veces se dice que ofertan su producción a precio cero.  Esta “oferta a precio cero” desplaza la curva de oferta hacia la derecha lo cual, si la demanda permanece constante, hace que baje el precio de equilibrio.  Si ese desplazamiento se reduce, el precio de equilibrio bajará menos.

Si sube el precio de la energía en el mercado (o no baja tanto como antes) la prima del régimen especial (basada en un sistema de cap y floor) no será tan elevada y si se reduce la participación del régimen especial habrá menos primas que pagar.  Por esto, antes subrayé el hecho de que lo que sube es el precio de la energía en el mercado: como las primas las pagamos vía tarifa, el coste de la electricidad para el consumidor no debería variar mucho; la subida del precio de mercado habría de verse compensada con la bajada de las tarifas y peajes de acceso.

Otro efecto, éste mucho peor desde mi punto de vista, es que si el régimen especial y, en concreto, las renovables, dejan de crecer, estamos enviando señales al mercado de generación para que incrementen su participación en el mismo tecnologías altamente contaminantes y caras como el fuel (que hoy sólo entra a producir en períodos de punta de demanda).  Y esto es muy costoso no sólo por lo que cuesta producir la energía en sí, sino por las externalidades (costes medioambientales) y también por lo que vamos a tener que pagar por unas mayores emisiones de CO2.

Y me pregunta mi amigo si este parón afecta por igual a los grandes generadores que a los pequeños.  Evidentemente, no.  Los grandes generadores pueden permitirse seguir adelante con sus proyectos, bien sea porque se trate de grandes proyectos cuya escala les permite ser rentables (menos que antes pero rentables al fin y al cabo), bien porque se trate de proyectos propiedad de las grandes compañías eléctricas que, con la suspensión, pasan a ingresar vía régimen ordinario lo que dejan de ingresar por primas al régimen especial.

¿Y qué pasa con el concurso eólico de Galicia?  Pues que tras los recursos de la Xunta contra sí misma, los pronunciamientos del TSXG sobre la legalidad del concurso original y los demás retrasos sobrevenidos, como otras tantas veces en nuestra historia, se nos ha marchado el tren del progreso.  ¡Para una cosa en la que parecía que estábamos en vanguardia!

Por último, ¿sabíais que en los países del norte de Europa los propietarios de los terrenos donde se construyen los parques eólicos tienen derecho a participar en los beneficios de dichos parques?  ¿Sabíais que el Decreto 242/2007 de la Xunta de Galicia (la del bipartito) abría la posibilidad a esa participación?  ¿Sabíais que la Lei 8/2009 de la Xunta de Galicia criticó expresamente dicha iniciativa y la derogó?  Para reflexionar…

Me dejo un par de cuestiones que quedan para futuras entradas de este blog.


Una hora con Stiglitz

Los "afortunados" con el Profesor Stiglitz

Los "afortunados" con el Profesor Stiglitz (CC BY-NC-ND 3.0 Paulino Martínez)

Hoy unos cuantos profesores y alumnos de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de A Coruña tuvimos la inmensa suerte de poder charlar en privado durante casi una hora con el Premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz, antes de su conferencia en la Fundación Barrié¿Puede el capitalismo ser salvado de sí mismo?“.  Se hace extraño que un estadounidense esté fuera de su país el thanksgiving day, pero mejor para nosotros ¿no?

Abrí yo mismo el turno de preguntas tras las presentaciones por parte del Decano de la Facultad, Anxo Calvo.  En septiembre de 2008 muchos economistas pensamos que se cerraba un ciclo de desrregulación de la economía y que estábamos asistiendo al nacimiento de una economía más justa.  El mismo Stiglitz en “Moving beyond Market Fundamentalism to a more Balanced Economy” (disponible en su página web www.joestiglitz.com) resumía ese sentimiento con la frase “de la misma forma que la caída del Muro de Berlín marcó el final del comunismo, así el 15 de septiembre de 2008 marcó el final del fundamentalismo de mercado“.  Para los que no os acordéis, el 15 de septiembre de 2008 es el día en que quebró el banco de inversión estadounidense Lehman Brothers.

Aquello nos pareció a muchos la señal necesaria para que los políticos se dieran cuenta de que era hora de volver a poner ciertos límites a la actividad del sistema financiero.  El punto de inflexión que iba, por fin, a cambiar la trayectoria de desrregulación de los mercados e iba a exigir de nuevo una cierta racionalidad en los mismos.  Me interesaba saber si hoy, tres años después de esa fecha y tras cero avances en la dirección que en aquél momento parecía más lógica, no tenía cierta sensación (yo desde luego la tengo) de decepción.

El Profesor Stiglitz respondió que sí, que incomprensiblemente aquella fecha no marcó el fin del fundamentalismo de mercado sino el comienzo de una serie de enconadas defensas de la desrregulación, de argumentos contra los gobiernos que no habían sabido cumplir su papel y que habían enviado las señales equivocadas a los mercados, a los prestamistas y a los prestatarios, argumentos éstos que no hacían sino alimentar las ansias de una mayor (¡mayor!) desrregulación.  Algo había salido muy mal y, sin duda, el 15 de septiembre de 2008 no marcó el fin del fundamentalismo de mercado.

Mi segunda pregunta estaba encuadrada dentro de lo que se conoce como “Responsible Lending“.  Se trata grosso modo de determinar si cuando una entidad financiera concede un préstamo lo hace responsablemente, es decir, valorando todos los factores relacionados con el prestatario que puedan indicar que hay una probabilidad razonable de que el préstamo va a ser devuelto y, obviamente, actuando en consecuencia con aquella valoración.   Quería saber cuáles podrían ser esos factores y si era factible una regulación en la vía del “Responsible Lending“.

Stiglitz cree que los factores a valorar podrían ser los mismos que usan las entidades para sus propios “credit scoring” (los modelos para determinar si es arriegado o no conceder un préstamo a un determinado prestatario).  A saber: edad, nivel de estudios, nivel de ingresos, tipo de contrato laboral, industria en la que trabaja, zona en la que vive, cargas familiares, esfuerzo relativo que le va a suponer la devolución del préstamo, etc., etc.  Y cree que sí, que es defendible su regulación de la misma forma que todo el mundo admite como buena la regulación internacional de la deuda odiosa (que no reconoce como exigible legalmente la deuda que los gobiernos que puedan emplear los recursos obtenidos para fines ilegales —apartheid, drogas, armas…— tengan con el exterior).  De hecho, de haber existido una regulación más estricta de la concesión de préstamos a particulares, seguramente la magnitud de la crisis habría sido menor.

Algunos de los comentarios que más me llamaron la atención fueron los siguientes:

– Hablando de riesgo regulatorio (el riesgo derivado de los efectos de un cambio en la regulación existente en un sector concreto de la economía): como defensor de la regulación de los mercados le preguntamos qué respondía cuando alguien hacía referencia al riesgo regulatorio que toda regulacion conlleva.  En primer lugar, desde su punto de vista, la actividad empresarial tiene riesgos (riesgo de precios, riesgo de tipos de interés, riesgo de credito…) y el riesgo regulatorio es un riesgo más que hay que tener en cuenta.  Le llama la atención, en cualquier caso, que el riesgo regulatorio derivado de la desrregulación sí sea asumido (y pone como ejemplo la derogación de la ley Glass-Steagall de separación entre banca de inversión y banca comercial vigente desde 1933 hasta su derogación en 1999; parece que este cambio regulatorio no conllevó riesgo regulatorio —por lo menos nadie expresó ninguna queja en ese sentido— aunque de nuevo es uno de los factores multiplicadores de los efectos de la crisis).

– Hablando del equilibrio entre equidad y eficiencia de los mercados: desde su punto de vista la desigualdad social provoca ineficiencia ya que se limita el acceso a los recursos.  En efecto, en países con bajos índices de movilidad social (Estados Unidos, Reino Unido) es muy probable que haya muchos recursos (humanos) con extraordinarias capacidades a los que no se esté accediendo por la posición social que ocupan o que ven truncado su desarrollo porque no pueden costearse una carrera universitaria.

– Sobre la flexibilidad del mercado de trabajo: por sí sola no es garantía de nada (y cita como ejemplo el mercado de trabajo de los Estados Unidos).  La flexibilidad que piden los empresarios tiene que venir acompañada de seguridad para los trabajadores (por ejemplo, los sistemas de protección social de los países nórdicos).  Si no, sus efectos no serán los deseados.

– Sobre los modelos que se enseñan en las carreras de Economía: a veces, la dificultad que entraña la parte matemática del modelo hace que aprendamos matemáticas y nos olvidemos de que estamos estudiando economía.  En esto también coincido con él como podéis ver en este post y como saben los que se ven obligados a sufrirme como profesor de Finanzas.

Me quedaron en el tintero un par de preguntas.  La primera relacionada con el movimiento 15-M, una de cuyas reivindicaciones es la dación en pago, la posibilidad legal de quedar liberado de la deuda hipotecaria si se entrega la vivienda hipotecada.  La pregunta venía porque él, que apoya firmememte movimientos como el 15-M o OWS, considera la dación en pago como otro de los potenciadores de la crisis ya que convierte los préstamos hipotecarios en opciones de compra (si la vivienda llega a valer menos que la deuda que tiene con el banco, el prestatario sólo tiene que entregar las llaves a la entidad y olvidarse; esto se convierte evidentemente en un problema cuando una parte importante de las viviendas llegan a valer menos que la deuda hipotecaria asociada y una parte importante de los prestamistas deja, en consecuencia, de pagar sus hipotecas).  La segunda para saber en qué estado está la Commission on the Measure of Economic Performance and Social Progress (aquél experimento auspiciado por Nicolás Sarkozy que planteaba la utilización de medidas de bienestar social o sostenibilidad económica o medioambiental como indicadores económicos complementarios al PIB debido a la incapacidad de éste de reflejar aquellos aspectos; más información en: http://www.stiglitz-sen-fitoussi.fr/en/index.htm).  Otra vez será.

En definitiva, que toda una experiencia para contar a mis nietos dentro de unos años mientras les enseño mi ejemplar de “Free Fall” firmado por todo un Premio Nobel.

Nota: los comentarios aquí expuestos corresponden a mi propia interpretación de las palabras del Profesor Stiglitz y así han de ser tomados.


Jugando con los enchufes

Wind turbines in the Parque Eólico de Lanzarote (CC BY-NC-ND 2.0: Nick Atkins)

Al mediodía voy a comprar el pan a la panadería que el ex-jugador del Dépor Sabín Bilbao tiene en A Coruña; me cuesta la barra 0,95 €.  Por las noches, suelo tomarme una cerveza y un pincho en el bar de Pepa; pago 1,50 €.  Es decir, mi presupuesto diario para pan y cerveza es de 2,45 €.

Imaginemos ahora que las malas cosechas de los últimos años (he de reconocer que no sé si en los últimos años hubo buenas o malas cosechas pero supongámoslas malas) provocan un incremento en el precio de los cereales que repercute directamente en lo que me cuesta la barra de pan: ésta pasa a valer, digamos, 1,10 €.

Sigamos imaginando: con la que está cayendo creo que no sería aconsejable pagar más de 2,35 € diarios por el pan y la cerveza así que, aunque su valor real es de 2,60 €, decido sugerirle a Pepa que del euro y medio que me cobra, me deje pagarle sólo 1,35 y que los 0,15 céntimos que faltan me los vaya apuntando —junto con sus intereses, lógicamente— que ya se los iré devolviendo durante los próximos años.

Como a Pepa no le hace demasiada gracia (y a su negocio menos) eso de irme dejando cada día 15 céntimos, opto por ir a probar suerte a un banco y sugerirle el mismo pacto.  Tras ponernos de acuerdo en el tipo de interés a aplicar así como en la garantía, el pacto queda cerrado.

Y aquí me tienen, sigo gastando lo mismo día a día aunque tengo que acordarme de que, también diariamente, mi deuda con el banco va creciendo y, por tanto, sería bueno que un año de estos comenzase a pagar un poco más (por ejemplo, 2,50 €) para poder reducir la cantidad que diariamente pido prestada al banco.

Suena raro, ¿verdad?  Pues esto más o menos es lo que ha hecho el Gobierno hace un par de semanas con nuestras facturas eléctricas: desvestir un santo para vestir a otro.  Como el precio de la electricidad ha subido y dado que sería malo que, con la que está cayendo, las facturas eléctricas se disparasen, pues cogemos la parte de la factura que puede “ajustar” y ¡zas! Que sube el precio de la energía en el mercado; pues bajamos, por ejemplo, el cobro por la potencia contratada y listo.  Pero no se crean que la oposición pone el grito en el cielo ante este comportamiento; de hecho —en esto— está de acuerdo con el Gobierno (excepción hecha de Cristóbal Montoro, que ha manifestado su desacuerdo con la decisión).

¿Y por qué critico una medida que, en principio, parece que me favorece?  Pues por diversas razones.  En primer lugar, aclarar que, en condiciones normales, tratar de diferir los pagos a efectuar es un comportamiento de lo más racional; el problema está cuando la cantidad que ya debes por diferimientos anteriores supera con creces los 20.000 millones de euros.  Me parece que es un flaco favor el que le hacemos a las generaciones venideras dejándoles semejante cantidad de deuda, si bien es cierto que situaciones como ésta (“gastar dinero del futuro”) las podemos encontrar en muchísimos otros ámbitos de la economía.

Otro problema, y no menor, reside en que al tratar los sucesivos gobiernos de mantener bajo el precio de la electricidad (el Gobierno anterior al actual llegó a imponer un límite legal del 2% a lo que podía crecer la tarifa eléctrica de un año a otro), la población se ha ido acostumbrando a una coyuntura en la que, por una parte, accedemos a una electricidad mucho más barata de lo que debería ser y, por otra, tenemos la percepción de que la electricidad es carísima (no interesa ahora buscar responsables, pero ¿verdad que la subida de la bombona o del bus merecen menos atención en los medios de comunicación?).  Esta paradoja, junto con el deseo de que nuestro tejido empresarial no pierda competitividad (una subida del coste de la electricidad podría afectar demasiado a unas cuentas de resultados ya bastante maltrechas por la crisis), impone una tremenda presión sobre nuestros gobernantes que van retrasando todo lo que pueden el momento de abrir la caja de Pandora eléctrica.

Pero, convezcámonos, ese momento tiene que llegar.  Hoy en día, la legislación fija el año 2013 como el último ejercicio en el que se permitirá que haya déficit tarifario (que los ingresos por la tarifa eléctrica no sean suficientes para cubrir todos los costes regulados del sector eléctrico).  Ya veremos si es así.  Los incentivos que nuestros políticos tienen para echarse atrás son demasiado fuertes.

Aún tengo más razones para criticar el artificial mantenimiento del coste eléctrico por debajo del real.  Como el precio que pagamos por la electricidad es menor que el que deberíamos pagar, nuestro consumo eléctrico es, a su vez, mayor que el que debería ser.  En otras palabras, como es barato, nos preocupamos menos de dejar las luces encendidas, los aparatos en stand-by, los móviles conectados mucho más tiempo del necesario para que se carguen sus baterías, etc…  Y esto provoca que haya que generar más electricidad de la que necesitaríamos generar (como la energía eléctrica no se puede almacenar, la producción y el consumo de la misma han de ser prácticamente iguales en todo momento); más electricidad que implica no sólo mayores inversiones en generación (embalses, centrales, parques eólicos…), sino también (y esta es la parte regulada del mercado eléctrico; la que el Gobierno acaba de “tocar”) en infraestructuras de transporte y distribución de la electricidad a los consumidores, así como los costes de operación y mantenimiento de todos esos activos “de más”.

Y parte de esa mayor demanda inducida se cubrirá con energías renovables.  ¿Por qué no toda?  Porque gran parte de las renovables dependen de energías cuya disponibilidad hoy en día es muy poco controlable, hablando en términos de mantener el necesario equilibrio del sistema, pues es tan malo, desde el punto de vista de ese equilibrio, no generar la energía eléctrica necesaria para cubrir el consumo como generar de más (aquí recomiendo leer con calma el informe de Greenpeace «Energía 3.0», disponible en www.revolucionenergetica.es, donde se afirma —y se razona— que es posible cubrir el 100% de la demanda de electricidad del año 2050 con energías renovables).  Lo que falta se producirá con energías provinientes de combustibles fósiles y con energía nuclear.  Mi poca simpatía por ésta ya ha sido expresada en un post anterior y, en cuanto a las primeras, decir que sus emisiones, además de los efectos contaminantes que provocan, cuestan dinero en términos de derechos de emisión de CO2, incrementando el coste de la factura eléctrica, añadiendo presión a los gobernantes para que de nuevo opten por enviar señales totalmente equivocadas a los consumidores de electricidad y por diferir ese mayor coste y los intereses de su financiación para que se pague en el futuro.

Así que preparémonos para pagar más por la luz.  Por desgracia, es muy necesario tanto desde un punto de vista económico como ecológico.  En cualquier caso es una responsabilidad ante el futuro. Y, por favor, no recurramos al argumento fácil de echarle la culpa a las eléctricas; en esto en concreto los únicos responsables son los políticos.


¿Quo vadis, Europa?

El rapto de Europa

El rapto de Europa (CC BY 2.0: Ana Belén Cantero Paz)

Con fecha de ayer se publicaba en la página web del Consejo de la Unión Europea la Declaración de los Jefes de Estado o de Gobierno de la zona del Euro y las Instituciones de la UE tras la última Cumbre del Euro que, como apunta Isaac Rosa en su blog «empieza a parecerse a lo del “partido del siglo”», de tantas que hay y de tan trascendentales y decisivas que son todas — que realmente lo son.

Y nada nuevo, oigan. Que si felicidades a Grecia por la seriedad con la que se está tomando lo suyo; que le vamos a dar entre todos, sector privado incluido, un poco más de financiación y que le concedemos una ampliación del plazo de sus créditos a un tipo de interés ventajosísimo.  Que felicidades también a todos los demás por su compromiso para evitar los contagios; en especial a Irlanda y a Portugal por la especial determinación de su compromiso.  Que vamos a seguir trabajando para reducir los déficits y mejorar la competitividad (mención especial en este punto a Italia y a España); para estimular el empleo y potenciar el crecimiento.  Y que seguramente vaya adelante lo de la agencia europea de calificación. Fin.

Echo de menos medidas concretas; y algunas de las que se proponen creo que van en la dirección equivocada, como veremos después.  Vía el blog del profesor Mankiw llego a un artículo, escrito por los profesores Giavazzi y Kashyap acerca de cómo contener la crisis europea.  Demasiado evidente, por lo ortodoxo, desde mi punto de vista; pero al menos propone una alternativa e invita a la reflexión.  Básicamente, se afirma que cualquier posible solución pasa por asumir, dolorosamente, las siguientes cuatro realidades:

  1. Que algunos países europeos no van a ser capaces de hacer frente a sus deudas y que, por lo tanto, veremos alguna suspensión de pagos.  La de Grecia se da como prácticamente segura.  Las de Irlanda y Portugal como posibles y, hasta cierto punto, asumibles. Pero no hay sitio para nadie más; España no puede dejar de pagar su deuda y, mucho menos, Italia.
  2. Que esa o esas suspensiones de pagos podrían afectar gravemente al sistema financiero europeo, dada la gran cantidad de deuda gubernamental que las entidades bancarias poseen.  En definitiva, hay una posibilidad real de tener que enfrentarse a un pánico bancario sobrevenido que puede desencadenar la segunda crisis financiera global del siglo XXI (y estamos aún en 2011).
  3. Que ningún plan que garantice la deuda de los países mencionados puede ser creíble.  Con España e Italia en medio del lío la garantía es inviable.
  4. Que cualquier decisión que se tome tiene que generar crecimiento económico, lo cual no va a ser fácil dados los graves problemas estructurales de los cinco países en riesgo.

La propuesta de solución de los profesores Giavazzi y Kashyap es la siguiente: hay que impedir a toda costa el pánico bancario.  ¿Cómo?  Fortaleciendo a los bancos ante la posibilidad, casi real, de que algún o algunos países suspendan pagos.  Ya, pero… ¿cómo?  A través del fondo europeo para la estabilidad financiera (EFSF) y con ciertas condiciones.  En principio, los bancos deberían de estimar cuánto capital necesitan y, necesariamente, tendrían que tratar de conseguirlo en el mercado de capitales en un plazo determinado.  El EFSF acudirá en ayuda de aquéllos que no hayan sido capaces, pero la dirección de estas entidades ha de ser relevada (lo que no entiendo es cómo no se ha llevado a cabo ya esta medida, tanto en Europa como en Estados Unidos) y los gobiernos de los países a los que pertenezcan los bancos que hayan de ser financiados tienen que comprometerse a hacer lo posible para potenciar el crecimiento económico.  Los profesores ponen como ejemplo la liberalización de los mercados de trabajo, bienes y servicios.  De no darse este requisito, el banco o bancos se quedan sin el capital necesario (que además se irá a los bancos de otros países) provocando la quiebra del país en cuestión.  Pero es más barato, dicen los autores, ayudar a los demás bancos ante la quiebra de ese país que salvar a los bancos de ese país.  No sé, no sé…  Pero por lo menos, como decíamos más arriba, se propone un procedimiento concreto.

¿Y qué piensa el profesor Krugman de todo esto?  El título de uno de sus últimos posts (1937! 1937! 1937!) no parece muy tranquilizador. Su mayor crítica es al punto 11 de la declaración, donde se dice que «todos los Estados miembros de la zona del euro se atendrán estrictamente a los objetivos presupuestarios acordados, mejorarán la competitividad y corregirán los desequilibrios macroeconómicos. El déficit público de todos los países, excepto los que están sujetos a un
programa, se situará por debajo del 3% en 2013 a más tardar»; puesto que está demandando  austeridad a los países afectados por la crisis de la deuda, pero también a los que no están afectados por la misma (a todos los Estados miembros).  Esto, unido a las subidas de tipos del Banco Central Europeo, mantendrá la demanda deprimida tanto en las economías de los cinco países en la cola para las suspensiones de pagos como en las del resto de países de la zona Euro.  Lo cual, «nos conducirá a una vigorosa recuperación a través… ¿de qué?».

«En el nombre de la prudencia se están destrozando las economías más avanzadas», afirma Krugman.

Y tiene razón…

Por cierto, 1937 fue el año en que la Reserva Federal y el Gobierno de los Estados Unidos dieron por hecho que la Gran Depresión había acabado; la consecuencia de las políticas que entonces adoptaron fue una nueva crisis económica.  Krugman escribió una columna a principios de 2010 sobre este tema; traducida al español, fue publicada por El País en su suplemento de negocios bajo el título “Esa sensación de 1937“.


La contracción económica aún es contractiva

Con este irónico trabalenguas título nos sorprendía ayer el profesor Krugman en una entrada de su blog (Contraction, Still Contractionary).  En ella analiza las conclusiones del reciente informe Expansionary Austerity: New International Evidence emitido por el Departamento de Investigación del FMI, en el cual sus autores (que son los que realmente asumen los puntos de vista del informe; y no el FMI — conviene aclarar esto) tras haber estudiado datos históricos, buscando en ellos situaciones en las que se había cambiado la política fiscal, no en base a las perspectivas económicas, sino con la intención de reducir el déficit presupuestario, concluyen que dichas políticas «producen efectos contractivos en la demanda interior y en el PIB» y que los datos parecen apuntar a que aquellos trabajos que apoyan que la severidad de las políticas fiscales tienen consecuencias expansivas parece que «tienden a exagerar» dichas consecuencias.

Como apunta Krugman: «El informe muestra que los resultados que pretenden demostrar que la economía se reactiva después de recortar el gasto público y/o subir los impuestos se basan en una mera ilusión estadística.  Al contrario, una economía en expansión provoca un incremento de los ingresos fiscales y/o una disminución de los gastos públicos.  Esta disminución de gastos puede deberse, por ejemplo, a la reducción en gastos sociales derivada de la disminución de la pobreza que una época de bonanza económica trae consigo o a la decisión de reducir el gasto público para enfriar las presiones inflacionarias».

El post continúa diciendo que los efectos contractivos no son explicados al 100% por la política fiscal sino que son menores a los esperados, pero que esto puede deberse a que «los programas de austeridad fueron ejecutados en momentos en los que el tipo de interés estaba por encima de cero [mientras que la Reserva Federal de los Estados Unidos mantiene el tipo de interés entre el cero y el 0,25% desde diciembre de 2008] y, en consecuencia, la contracción bien pudo haberse visto atenuada por una política monetaria expansiva».  Política monetaria que hoy no funcionaría precisamente por estar los tipos de interés congelados en el entorno del cero en Estados Unidos.  En otras palabras, si pudiendo financiarse al 0,25% la economía no funciona, una inyección monetaria no iba a mejorar las cosas; todo lo más incrementaría el saldo de efectivo del sistema.

Eso es precisamente la descripción de una trampa de liquidez.  La causante de tanta ineficacia en las políticas económicas que se han sugerido y probado desde el comienzo de esta crisis hace ya casi tres años.

El caso es que no parece que una política fiscal contractiva estimule la economía.  Pero podemos preguntarnos si es lo mismo recortar gastos públicos que incrementar los ingresos vía aumento de impuestos.  Parece que los datos corroboran que la contracción es menor cuando se recortan gastos pero, de nuevo, en palabras de Krugman, «parece como si las respuestas de los bancos centrales fuesen más tolerantes [el subrayado es nuestro] con los recortes de gastos que con las subidas de impuestos, combinación quizá de factores como el miedo a la inflación, la creencia de que los recortes en el gasto público son más duraderos o (esto no sale en el informe) la propia ideología de los banqueros».

En definitiva, concluye Krugman que «si la discusión fuera políticamente neutra, ya haría mucho tiempo que la evidencia habría sido aceptada: que la austeridad reactiva la economía es una premisa que no funciona; pero como lo que realmente importa es la política, una afirmación tan conveniente resulta difícil de dejar de lado.  De hecho, parece que es la doctrina oficial tanto del Partido Republicano como de la Casa Blanca».  ¿Sucede lo mismo en Europa?  Cada cual que medite su respuesta.  Por mi parte, yo lo tengo claro.


Viejas supersticiones

Aunque normalmente me limito a retuitear los vínculos a aquellos posts que en materia económica considero interesantes, hoy me he decidido a hacer una traducción de uno de los del tantas veces aludido blog en el New York Times del premio nobel de economía Paul Krugman, muy adecuado en las circusntancias que nos han tocado vivir.  No querría continuar adelante sin aclarar que sí, que quizás leo demasiado al Dr. Krugman (no es el único ni tampoco todos los que leo son de su misma cuerda).  No lo niego, pero el caso es que creo que después del evidente fracaso —desde 2008 hasta hoy— de la ortodoxia económica imperante, es bueno que algunos buenos economistas tengan algo diferente que decir, algo innovador que aportar.  En este grupo están entre otros Krugman, Stiglitz, Rogoff, etc.

Hechas estas aclaraciones, sigamos.  Para los que prefiráis leer el post original, el vínculo es The Old Superstition.  Añadir que, por supuesto, The New York Times Company posee el copyright del post.

«Me hice con una copia del libro “La Gran Depresión” de Lionel Robbins, publicado en 1934, en una librería de segunda mano en Norwich. Es bueno: de tono más bien cabal, lleno de tablas y datos, claramente escrito para ser visto como el trabajo de un sabio observador, de una persona seria…

«¡Y completamente equivocada!

«Robbins afirmaba en 1934 que la restauración de la confianza empresarial es condición sine qua non para la recuperación económica. El problema es cómo restaurar esa confianza. Desde luego, Robbins no está de acuerdo en abordar una política de expansión monetaria, incluso en un entorno deflacionario como el de 1929-1933. En realidad, no explica los porqués pero, una vez se asume que el problema estaba en la confianza empresarial, una eventual expansión monetaria causaría, desde su punto de vista, incertidumbre y, por lo tanto, dañaría la antedicha confianza.  Lo mismo es aplicable si hablamos de permitir que los tipos de cambio fluctúen libremente (esa libertad causaría incertidumbre y esta incertidumbre minaría la confianza).

«Tras analizar, revolver, conjeturar y volver a analizar, Robbins llega a la conclusión de que la causa de la depresión ha sido la excesiva intervención gubernamental y de que el remedio, el bálsamo tan necesario para la restauración de la confianza, se haya en… ¡una vuelta al patrón oro!

«Hoy en día podemos llegar a comprender cómo este tipo de análisis, más supersticioso que otra cosa, ha podido llegar a ser publicado y ampliamente referenciado si lo situamos en su contexto temporal: la primera parte de la década de 1930 (aunque ya en ese momento el Keynes anterior a la Teoría General podría haber explicado cuán equivocado se hallaba Robbins — como de hecho hizo). Pero esperaríamos que esa metodología fuese algo perteneciente al pasado.

«Pues no. El Informe Anual para 2010/2011 del Banco de Pagos Internacionales de Basilea (BPI en lo sucesivo) va en la misma dirección que Robbins en 1934. Lo grave es que hoy por hoy no hay excusas. Mientras que Robbins carecía de un sistema de conocimientos integrador que diese sentido a los eventos que estaban sucediendo, el BPI —así como muchos economistas— se enfrentan a la misma patología económica con la que Keynes convivió y ante la que el mismísimo Milton Friedman hubiera demandado actuar con decisión y fortaleza. Pero se ha preferido ignorar el conocimiento actual y reescribir las reglas [“jugar una partida de Calvinball monetario” es la expresión que usa Krugman aludiendo a su anterior post Monetary Calvinball].

«Iba a terminar este post diciendo algo acerca de la estupidez, pero no sería correcto puesto que la gente del BPI no son estúpidos. Lo que sucede es algo diferente y peor: estamos asistiendo a la victoria del deseo de respetabilidad sobre las lecciones de la historia, al triunfo de determinados prejuicios —prejuicios al servicio de los rentistas [v. The Rentier Regime y Rule by Rentiers, columna ésta publicada en español en El País]— sobre el análisis.

«La historia no va a perdonar a esta gente.»

Pues eso…