Mercados perfectos, eficientes y desregulados

Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX una hipótesis estaba presente en todas y cada una de las teorías económicas que se proponían: la hipótesis de perfección de los mercados.  Un  mercado perfecto es aquél en el que el producto negociado es homogéneo y completamente divisible, que no posee barreras para la entrada o salida de agentes ni costes de transacción y en el que existe un número tal de agentes que ninguno de forma particular o en asociación con otros puede influir en los precios.

Parecía que la hipótesis del mercado perfecto era demasiado fuerte, así que Eugene Fama desarrolló en los primeros años 70 su teoría de la eficiencia del mercado, base de muchos de los desarrollos en Finanzas de las décadas posteriores.  Según dicha teoría un mercado es eficiente en su forma débil si usando toda la información histórica disponible no es posible obtener rendimientos superiores a la media de forma continuada.  Parece que muchos de los mercados son pues eficientes de forma débil.  La forma semifuerte (o, según cómo lo miremos, semidébil) supone que no se puede batir al mercado si se usa toda la información pública disponible.  Aquí ya tendríamos que afinar más y definir qué entendemos por “información pública disponible” pero creo que podemos aceptar que muchos mercados se comportan de forma eficiente semifuerte.  Quedan aún un último escalón, el más difícil: la eficiencia fuerte, según la cual no es posible obtener rendimientos continuamente superiores a la media del mercado porque los precios recogen absolutamente toda la información, pública y privada, que podría afectarles.  Parece que la experiencia apoya la idea de que los mercados fuertemente eficientes no existen en la realidad.

Yo creo que la economía de mercado es un sistema económico bastante aceptable y supongo que la mayoría de los mercados presentan un grado de eficiencia semifuerte.  Precisamente por esto, aquéllos que dispongan de información privilegiada podrán batir al mercado, podrán aprovecharse de esa información adicional para obtener beneficios.  En según que mercados este tipo de actuaciones está vigilado y perseguido lo cual atenúa la actividad de los conocidos como insiders (los agentes que disponen de información privilegiada) pero la avaricia es fuerte y casi siempre encuentra cómo abrirse paso.

Si estoy en lo correcto, es decir, si los mercados no son fuertemente eficientes sino que sólo presentan un grado de eficiencia semifuerte, se me antoja muy arriesgada la deriva que ha tomado la política económica en las últimas décadas.  La desregulación a la que asistimos no puede ser, desde mi punto de vista, ni económica ni socialmente buena puesto que transfiere demasiado poder a un mercado que no es eficiente, sino que es controlado por aquellos agentes que más poder detentan (poder económico, político…), los cuales batirán al mercado con pasmosa regularidad haciendo uso de su influencia en el mismo.

Pero pensemos que un mercado es un juego de suma nula, es decir, que las ganancias de unos son las pérdidas de otros y viceversa (aunque los costes de transacción distorsionan levemente esta afirmación, sí que es cierto que podemos abstraernos de su efecto).  ¿A dónde nos lleva, pues, la desregulación de los mercados no fuertemente eficientes?  A que los agentes con poder incrementen cada vez más su poder a costa de los agentes con menos poder.  La teoría económica tradicional nos dice que no pasa nada, que es una suerte de “selección natural” de competidores y que los que pierden dejan vía libre a nuevos agentes con diferentes estrategias.  No lo creo; puede que esto sea cierto en un estadio inicial de la corrupción del mercado no fuertemente eficiente, pero los agentes poderosos pueden llegar a atesorar tanto poder que se hace prácticamente imposible la entrada en el mercado de nuevos competidores.  Y si entran siempre está la opción de absorberlos.

Además, la selección natural no es un proceso eficiente en sí mismo.  Los árboles crecen, por citar una analogía que oigo a veces aplicada a la economía, para disponer de más luz que sus “competidores” pero a costa de un esfuerzo que hace que la relación coste-beneficio de dicha estrategia no sea óptima ni mucho menos.  ¿Es a este proceso al que fiamos nuestro futuro?  La respuesta a esta pregunta, si observamos la oleada de fusiones y absorciones en el sistema bancario español en los últimos meses, parece que es, desafortunadamente, afirmativa.  Caminamos con paso firme hacia el “too big to fail“: entidades financieras cuya presencia sistémica es tan grande que saben que pueden asumir más riesgos que los demás porque no se va a dejar que quiebren.

Entonces, ¿no hay solución? Sí, sí que la hay pero no en la dirección de laxitud regulatoria que tomamos a finales de los 70.  Como los mercados no son eficientes (al menos no son fuertemente eficientes) pero sí podemos pensar en ellos como un mecanismo aceptable de redistribución de recursos, debería haber un mayor control sobre las actuaciones de los agentes que en ellos concurren, sobre los procedimientos de mercado, sobre la calidad de los productos negociados…  Control este que sirviera para velar por esa eficiencia de mercado que, en su forma semifuerte, es tan fácil de sortear.

Bueno, al menos esto es lo que yo pienso.  Y además creo que la historia ha demostrado que la regulación, bien entendida y aplicada con un cierto grado de sentido común, ha proporcionado resultados positivos, mejores aún si los comparamos con las nefastas consecuencias que nos ha traido la desregulación.  Pero los que manejan los hilos de la economía van dirigiendo un tren que va en sentido contrario.  Y lo peor es que en ese tren vamos subidos todos.

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