Retornar a los clásicos

Cuando dispongo de algo de tiempo libre una de las actividades que más satisfacción me reporta es la lectura.  Cuando tengo que preparar una clase, un curso o una ponencia, evidentemente acudo a reconocidos tratados y manuales así como a los más recientes trabajos y publicaciones sobre la materia de que se trate; pero cuando puedo permitirme el leer por leer, si hablamos de economía, me gusta retornar a los clásicos.

Supongo que esto se debe en parte a que mi padre dispone, por formación, de multitud de libros de matemáticas, economía y contabilidad, muchos de los cuales fueron escritos a mediados del siglo pasado o incluso antes.  Así, me encanta releer de vez en cuando algún capítulo de esa joya de la organización administrativo-contable que es el “Manual del Contador” de W. A. Paton, o de alguno de los trece tomos del “Curso de Contabilidad” de H. A. Finney, o del “Curso de Economía Moderna” de P. Samuelson; por no hablar de los E. Colerus de análisis y geometría.

Otra de mis fuentes de materia prima es Google Books.  Aquí suelo buscar libros antiguos de finanzas y contabilidad que dispongan de texto completo.  Así he llegado al “Nuevo método de teneduría de libros por partida doble” de A. Caze, al “Tratado elemental teórico-práctico de relaciones comerciales” de G. Ferrer, o al “Manual del banquero, del agente de Bolsa y del corredor de cambios” de A. Henry, por poner sólo tres ejemplos de mediados del siglo XIX.  Busquen, busquen y si encuentran algo que merezca la pena no duden en comentarlo en este post.

Últimamente acudo también a la Library of Economics and Liberty y a la Online Library of Liberty donde puedo encontrar, en inglés, ediciones de Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill, Simon Newcomb, Eugen von Böhm-Bawerk, Irving Fischer, Ludwig von Mises, John Maynard Keynes, Arthur C. Pigou, Frank H. Knight, Fiedrich A. Hayek y muchos más.

Llegados a este punto me siento algo obligado a explicar por qué voy a los clásicos, por qué disfruto leyendo la “Teoría del interés” de Fischer o la “Teoría general del empleo, el interés y el dinero” de Keynes.  En la segunda mitad del siglo XX, la modelización analítica -que, en si misma, no tiene nada de malo; todo lo contrario- pasó a desempeñar un papel fundamental y, desde mi punto de vista, demasiado protagonista en la ciencia económica.  Quiero decir que, muchas veces, en la moderna ciencia económica, en las universidades de economía y empresa, en las revistas especializadas, se valora más un buen modelo matemático que un sencillo modelo descriptivo.  Y, también muchas veces, un buen ejemplo es capaz de transmitir mucha más información que un detallado análisis funcional.

Y el asunto es que en lo que he denominado “los clásicos” es más frecuente encontrar buenos ejemplos de teorías desarrolladas en base a la conexión de relaciones de causalidad simples, con sencillos modelos matemáticos de soporte.  Y creo que es demasiado importante no perder de vista que la economía es una ciencia social y, como tal, tiene más que ver con lo humano que con las matemáticas (y se lo dice un ferviente apasionado de las matemáticas).

No quería cerrar este post sin pedir que “usemos las matemáticas para la economía, pero como herramienta no como guía” (del blog de Paul Krugman) ni sin recomendar la lectura del post de Karl Smith acerca de los “math free essays“, a la que llegué desde este otro post del antes aludido blog de Paul Krugman.


Un cisne negro en Fukushima

No soy partidario de la energía atómica, pero que tampoco voy a hacer aquí un alegato en su contra.  Simplemente creo que lo que está pasando en la central nuclear de Fukushima en Japón es un cisne negro, en el sentido que Nassim Nicholas Taleb le da a esta expresión en su libro “El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable” (Ediciones Paidós Ibérica, 2008).

Hace unos años impartí clases de “Teoría y técnicas de inversión financiera”, una asignatura optativa de la Licenciatura en Administración y Dirección de Empresas, en la que trataba de explicar el papel central que el riesgo tiene en cualquier proyecto de inversión financiera y donde se introducía el concepto de valor en riesgo (VaR) de una cartera de inversión.  La primera lección comenzaba -como otros muchos tratados acerca del riesgo financiero- explicando que la palabra riesgo proviene del árabe clásico “rizq“, que alude a lo fortuito o inesperado; y que no es casual que, en gallego y en portugués, riesgo se diga “risco“, como las peligrosas rocas costeras contra las que han tenido que zafarse navegantes de todo el mundo a lo largo de la historia.  El resto del programa se dedicaba a recuperar conceptos estadísticos y financieros para ir desarrollando el concepto de valor en riesgo que, en palabras de Philippe Jorion, es la peor pérdida esperada, para un horizonte temporal y un nivel de confianza determinados, en condiciones normales de mercado.

Pero el valor en riesgo es un concepto estadístico y, como tal, el peso de los datos históricos es tremendo.  Y lo peor es que, en algunas ocasiones, la historia no sirve de nada (de ahí que  la definición termine con la cláusula “bajo condiciones normales de mercado”).  Por ejemplo, los acuerdos de Basilea II incluían el VaR como medida fundamental del riesgo de crédito y de mercado; y no fuimos capaces de predecir la crisis financiera de 2008 (un muy buen post acerca de esto es http://www.elblogsalmon.com/mercados-financieros/el-var-la-tecnica-que-hundio-a-wall-street).  Estas situaciones impredecibles (y en gran medida imprevisibles) son cisnes negros.

Y un cisne negro también es, por desgracia, lo que sucede en la central nuclear de Fuskushima desde que el pasado viernes un gran terremoto y su posterior tsunami arrasaran la parte oriental de Honshu, la principal isla del archipiélago japonés.  ¿Qué científico, ingeniero o político pudo haber diseñado una central nuclear que resistiese lo que se le vino encima a Fuskushima?  Ninguno, porque nadie era capaz de imaginar -hasta la semana pasada- que tal sucesión de eventos pudiera llegar a ocurrir.

Y por eso creo que todas las reuniones que los diferentes niveles gestores de la energía nuclear en el mundo, desde los organismos e instituciones nacionales hasta la Organización Internacional de la Energía Atómica, aunque necesarias y, por supuesto, positivas para incrementar la seguridad de las centrales nucleares existentes, se demostrarán ineficaces cuando llegue, si llega, el próximo cisne negro.  Hoy parece que lo de Fuskushima es la peor combinación de circunstancias negativas que pueda afrontar una central nuclear; pero, en el futuro, puede darse una combinación que la supere, no necesariamente porque se produzca como consecuencia de circusntancias peores, sino porque se trata de una combinación tan imprevista que los sistemas de seguridad no estaban preparados para afrontarla.  Igual que la crisis financiera de 2008 y la subsiguiente crisis real…

No quiero decir con esto que haya que sentarse sin hacer nada a esperar la siguiente catástrofe.  Si decidimos, como sociedad, apostar por la energía atómica, hay que invertir mucho en mejorar la seguridad, hacer pruebas de estrés y, con los resultados de esas pruebas, realimentar la inversión en seguridad.  Pero siempre habrá un cisne negro, un agujero de seguridad, una puerta de atrás, que desborde cualquier previsión; y creo que, en el caso de la energía atómica, no podemos permitirnos esa circunstancia.  Por eso no apuesto por ella.

Por el momento, espero que la pesadilla que está viviendo Japón acabe pronto.